lunes, 25 de diciembre de 2017

Especial Navidad: "El Gato Negro"



SEMILLA NAVIDEÑA


Cómo es costumbre en nosotros, siempre celebramos días especiales con entradas especiales...y esta es una de ellas. Una historia de miedo, que puede dar alguna semilla de aventura, para este día.

CARTA EN NAVIDAD

Son días de fiesta, días de mucho frío. Antes de desfilar con vuestro carro con renos, habéis quedado para comer. Aunque los regalos no se reparten solos, siempre es bueno descansar un  rato y tomar algo. Sois compañeros de profesión, y habéis pasado mucho juntos.
Entráis en una pequeña taberna, y pedís lo de siempre. Sin embargo, algo os llama poderosamente la atención: cuando os dirigis a sentaros en vuestra mesa habitual,  veis que han dejado un sobre de color rojo. Nadie sabe de quién es ni adónde va dirigido. En ese sobre hay una carta y se adjunta un par de fotos. Si uno de vosotros se atreve a leer el contenido, la carta muestra lo siguiente:

 23 de Diciembre 2017.
    Logo de la prisión de Máxima Seguridad de la zona.

“Querido Papa Noel:

Voy a relatar lo sucedido hace algún tiempo, aunque mis sentidos rechacen la propia esencia de lo que estoy escribiendo. Mañana moriré y quisiera ahora liberar mi alma, demostrando al mundo una serie de acontecimientos que me queman todavía por dentro. Igual os parecerán hechos horribles y espantosos.

Desde pequeño sentía una auténtica pasión por la Navidad. Combina la devoción que le tenía a todos los animales. Pues estas fechas son muy importantes para mí.

Me casé joven y a mi mujer también le gustaban los animales. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato. Era este último animal muy fuerte y bello, negro y de una sagacidad maravillosa.

Mi mujer aludía a su inteligencia como si la antigua creencia popular de estos animales, se produjera con nuestro gato. Plutón, así es como se llamaba el gato. Me seguía a todas partes, éramos amigos. Pero hubo una época en la que yo cambié, me encontraba más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Las discusiones con mi mujer aumentaban, usando un lenguaje más brusco, incluso violento. No sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro. Este mal se dió cuando tenía mucho tiempo libe y se acercaba la Navidad.

Una noche, regresé con el criado a casa disfrazado de Papa Noel, después de tomar un par de copas. Completamente ebrio, vi que el gato evitaba  mi presencia. Entonces lo cogí, pero él me araño. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. Saqué el saco rojo lo metí dentro, e intente ahogarlo presionando con mis manos, su fino cuello. Algo me había poseído. Uno de sus ojos salió de su cuenca. Mitad horror y mitad repugnante. La órbita del ojo perdido presentaba, un aspecto espantoso. Me desperté al día siguiente con un gran dolor de cabeza.

Pasado un tiempo, su curación  fue muy lenta. Aún lleno de remordimiento, en cuanto el gato me veía, huía aterrorizado. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo, con la cuerda de tender, en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas.

Al día siguiente me despertó el grito de: "¡Fuego!" Ardían las cortinas de la habitación. La casa era una gran hoguera. Mi mujer, mi criado Eduardo y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado.

En torno a aquella pared se congregaba la multitud.  Me acerqué y vi, como pintado en la pared a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.  

Buscamos un alquiler, en un sótano nos acoplamos, parecía más una cueva que otra cosa. Eduardo tuvo que dejarnos (ya que no teníamos dinero para pagarle). Durante algunos meses no me pude liberarme del fantasma del gato. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal. Una noche, cerca de la casa en un callejón continuo, me fije en un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón. Salvo que tenía una señal ancha y blanca que le cubría casi toda la región del pecho.

Lo cogí y me lo lleve a casa. Cuando llegó, se encontró como si fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer. Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Yo evitaba su presencia, una especie de vergüenza me envolvía. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos (por razones las cuales desconozco).  Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer. Eduardo vino de visita una tarde, y se extraño de que tuviéramos otro gato y además tan parecido a este. El gato os ha traído mala suerte (y además tenéis que gastaros el dinero en mantenerlo)  y os volverá a traer mala suerte, dijo. No paraba de repetirlo.

Aun en esta celda de criminal, me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba aquel animal no se podían calcular.

Me decidí sin compasión a acabar con aquello que me atormentaba, estuve bebiendo toda la tarde. Esa misma noche vestido de Papa Noel, saque del armario un hacha grande y olvidando mi miedo, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar ni siquiera un gemido.

Llame a Eduardo, que casualmente se encontraba muy cerca de la casa. Realizado ya el horrible asesinato, inmediatamente procuramos  esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos.

Decidimos  emparedarlo, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas. Había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial. Dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso, pero Eduardo estaba convencido que era la mejor manera. No le engañó su cálculo.  Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, prepare una argamasa de cal y arena, una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique.

Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Transcurrieron el segundo y el tercer día, el gato no aparecía. Yo daba por asegurada mi felicidad futura, ya que tenía el silencio prometido de Eduardo y el gato ya no estaba.

Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inesperadamente (algo que me puso muy nervioso) en mi casa un grupo de agentes de Policía y procedió a una rigurosa investigación del local. Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón.

Antes de irse, dije: Señores, deseo a todos ustedes una buena salud. Dicho sea de paso, tienen ustedes aquí una casa construida. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros están construidos con una gran solidez. Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón. Se derrumbo mostrando el interior y durante un instante se pararon los agentes en un silencio atroz. El terror los había dejado atónitos.

Doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado y cubierto de sangre coagulada. Sobre su cabeza, inmóvil  y llameando el único ojo, se posaba el gato, ese odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya presencia me entregaba al verdugo.

Pero al final yo había emparedado al monstruo en la tumba.”

Atentamente
 Edgar J.R.

La carta era terrible. Ninguno de los presentes esperaba aquella revelación tan atroz. Y menos en aquel lugar, en plena festividad de Navidad. Decidieron finalmente quemar aquella carta de mal agüero, y tras terminar de tomar algo, salieron a realizar su reparto de regalos en sus carros de renos.

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Gracias a Esklavo por el aporte. ¡Pasadlo bien, y felices fiestas!

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